Estoy segura de que se han dado cuenta de que en muchos cuadros María Magdalena presenta un cabello de color rojo. ¿Se han preguntado por qué? ¿Hay un significado más profundo o cierto simbolismo detrás de ello?

El retrato oficial de María Magdalena por la Iglesia fue el de una prostituta malvada, aunque en la Biblia nunca se la describió como tal. Sin embargo, durante el Renacimiento, había clientes dentro de la Iglesia que pedían cuadros en los que apareciera desnuda. Esto apuntaba a su aparente papel de prostituta.

Muchos artistas de la época sabían perfectamente quién era María Magdalena en realidad. Así, escondían conocimientos antiguos encriptados en sus obras, ya que la Iglesia tradicional tenía una visión muy diferente de María Magdalena.

Por ello, artistas que tenían datos sobre ella, se esforzaron por representar a María Magdalena en sus cuadros con cabello largo y rojo, tapando su cuerpo desnudo. Al hacerlo, podían mantener su dignidad y así ni su cuerpo ni su alma exponían su desnudez.

En siglos posteriores el cabello rojo se volvió un atributo importante para las familias nobles. Ponían especial interés en que los artistas de la época expresaran signos visibles de su linaje en sus cuadros.

Por supuesto, el color del cabello de María Magdalena ya no se conocía y aun así se la representaba como una mujer con cabello rojo. Los críticos religiosos ven en ello un indicio encriptado de su estatus aristocrático. Según antiguos escritos de Santiago de la Vorágine (1229-1298), la madre de María Magdalena, Eucharia, supuestamente venía de una familia real. También en un manuscrito primitivo se la describió como una descendiente de la casa real de Israel (1).

No solo se representa a María Magdalena en antiguos cuadros y esculturas con cabello rojo, sino también con cabello increíblemente largo. En bellas artes, esto simboliza que una mujer, aunque estuviera desnuda, estaba cubierta con el velo de la castidad.

El largo cabello rojo de María Magdalena expresa metafóricamente que nadie consiguió robar su dignidad, sin importar los intentos que hubo de presentarla como una mujer insignificante, reprimida o indigna.

 [1]John W. Taylor, The Coming of the Saints, London 1969, capítulo 5, p. 83

 

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